Fan - Fic Manual de lo prohibido (Liam Payne)

Capítulo 7 

-¿Qué?-la nota de confusión en su voz no me pareció falsa.

-Buscarme pareja-dije.

El rió y se quitó las gafas de sol, dándole paso libre a la vista de sus bellos ojos

-¿Sharon hace eso?

-Lo está haciendo, estoy segura-musité y luego me crucé de brazos, acomodándome en el asiento. El volvió a reír.

-Pues juro que no lo hago con esa intención-sonrió y se detuvo en una luz roja.

-¿Y cómo puedo creerte?-inquirí, enarcando una ceja. Rió de nuevo, divertido por mi juicio.

-¿No basta con que lo haya jurado?-preguntó, escandalizado y divertido.

-No tanto-negué con la cabeza. Seguimos avanzando cuando la luz se puso en verde.

-Bueno, creí que a lo mejor tenías pareja ya-dijo.

-¿Y qué te hizo pensar eso?

-Pues, eres muy linda-se encogió de hombros-; no veo porqué no.

Me quedé helada y me fue imposible formular algún pensamiento en ese instante. Yo le parecía linda a él. El rubor corrió de nuevo por mis mejillas, pintándolas de rojo.

-Gracias…-musité.

-¿Ya me crees?-sonrió.

-Quizá.

Su risa estalló de nuevo y puso los ojos en blanco.

-Si que eres terca ¿no?

-No, sólo un poquito dura de convencer.

-Está bien, está bien. Esa es una cosa por la que no se me ocurrió emparejarte con mi hermano, otra es que Louis está enamorado de una chica misteriosa.

-¿Una chica misteriosa? -Se encogió de hombros.

-Lo conozco muy bien como para saber que está enamorado, el problema es que no me quiere decir de quién.

-Bueno, todos tenemos derecho a la privacidad -me encogí de hombros y el me miró-. Una amiga me lo dijo una vez.

-Bueno, creo que tienes razón-sonrió resignado-. Aunque me gustaría saber.

-Eres curioso-adiviné.

-Mucho-admitió.

Dio la vuelta a una calle y siguió derecho. Miré por la ventana polarizada, maravillándome con el encanto de Venecia, sus edificios, sus calles, todo me parecía fantástico.

-Qué bonito-susurré.

-¿Qué es bonito?-preguntó y mi atención volvió a él.

-La ciudad, la gente, todo… -él volvió a reír.

-Sí, la primera vez que visitas Venecia sueles enamorarte del lugar.

-¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?-pregunté.

-Casi dos años.

-¿Dos años?-abrí los ojos como platos.

-Casi. Bueno, a decir verdad… año y medio.

-Wow, ¿por qué…?-me quedé a la mitad de mi interrogante, recordando las palabras de Sharon: “Me contó que era de Arizona, que allí había nacido y que había venido a Venecia por lo mismo que yo: olvidar amores del pasado, sin embargo hasta la fecha no me ha dicho qué fue lo que le pasó…”

-Por qué, ¿qué?

-¿Así que vienes de Arizona?-dije, tratando de evadir mi pregunta anterior, borrarla de la conversación o algo por el estilo.

-Sí, Casa Grande, allí nací-respondió-. Pero, por qué ¿qué?-volvió a insistir.

-Nada, sólo me equivoqué de palabras, es todo-reí, nerviosa. Me miró con los ojos entrecerrados, no del todo convencido y luego posó su atención en el objeto que tenía sobre mis piernas.

-¿Qué es eso?-preguntó.

-Oh, mi cámara.

-¿Eres fotógrafa?-se asombró.

-Sí, y adoro serlo.

-Te gusta el arte entonces-concluyó.

-Por supuesto.

-¿Sabes? A mi gusta la música.

-¿Tocas algún instrumento?

-Sí, la guitarra, el pandero, el teclado y la batería, un poco.

-¡Wow! Eres talentoso entonces. -El sonrió, halagado por mi comentario.

-Gracias.

Siguió conduciendo y cada movimiento que él hacía me provocaba una sensación rara de encanto, en ese momento la respuesta de la pregunta que Sharon me había hecho se escuchó en mi cabeza: sí, él era perfecto. Luego de unos minutos más, su voz interrumpió el silencio.

-Llegamos-avisó, entusiasmado.

Miré hacía el frente, a la izquierda y me maravillé con lo que vi. Bajé del auto al igual que él y sentí cuando el frío me rozó los brazos. Los cabellos que se salían de la boina se movieron.

-Ven, vamos. Tenemos que ir a una de las góndolas-hizo un movimiento de cabeza indicándome que le siguiera.

Nos acercamos más y pude ver el agua del canal y otras tres personas que querían subir al negro trasporte de madera. Me paré justo antes de subir. Liam me miró.

-¿Qué pasa?-preguntó.

-He oído que las aguas de los canales de Venecia son profundas-dije, con temor. El río.

-¿Tienes miedo?

-N-no -mentía, pero tampoco quería que él pensara que soy una cobarde, aunque lo era. El volvió a reír.

-Ven, no tengas miedo, estas cosas son muy seguras-me extendió la mano para que yo la tomara y su cálido tacto era algo que no podía rechazar jamás.

Me tomó de la mano, sujetándome fuertemente y haciéndome sentir completamente segura, era como si el infantil miedo de antes se hubiera evaporado como el aliento frío que sale de la boca y no tarda más de tres segundos en desaparecer. Subí a la góndola y él se sentó a mi lado, mientras que las otras tres personas se situaban delante de nosotros. El gondolero comenzó a remar y el bote a moverse, me estremecí un poco. Liam me miró, y en su mirada había una ternura que brillaba, ese par de ojos almendrados me brindaban una auténtica protección con el resplandor que soltaban.

-¿Estás bien?-preguntó y su voz se llenó de dulzura.

-Perfectamente-musité, atontada.

Me sonrió, y aquella sonrisa hizo que miles de burbujas se inflaran en mi estómago y flotaran en él. Miré hacía arriba, sintiéndome más segura que hace unos segundos y me topé con cielo grisáceo. Luego miré hacía mis lados, los ladrillos se elevaban formando un edificio barroco y arcaico de color beige. Oía el murmullo de las personas delante de nosotros, un murmullo ininteligible para mí, puesto que su idioma era diferente al mío; mientras que el gondolero pasaba el remo por el agua y hacía mover la góndola provocando que la brisa me acariciara el rostro bajo la boina.

-¿Sabes por qué se llama El puente de los suspiros?-preguntó Liam, interrumpiendo mi análisis del paisaje.

-¿Por qué?

-Bueno, este puente une al Palacio del Duque con la antigua prisión de la Inquisición. Da acceso a los calabozos del palacio y los prisioneros veían desde aquí el cielo y el mar por última vez, y suspiraban.

-Nada romántico-me reí.

-No, pero la gente le ha dado tanta fama que el nombre les sirvió a unos poetas para inspirarse en ese género literario. -Me reí, encantada por su brillante explicación.- ¿Por qué te ríes?-preguntó, divertido.

-Por que pareces de esos maestros de colegio y me haces sentir como alumna.

-Perché in questo caso sono felice di essere il vostro insegnante-rió. No sabía qué había dicho, pero sea lo que sea me hizo ruborizar, el acento italiano adornaba su melodiosa voz de terciopelo y hacía que las burbujas en mi estómago se agrandaran más.

-Tendré que aprender italiano-mascullé. El soplo cálido de su risa me acarició el rostro, apartando la brisa de la gélida mañana.

-Lo que dije fue: Que en ese caso, yo estoy encantado de ser tu profesor-dijo-. Y si quieres, puedo enseñarte italiano también.

-Me gustaría-mi sonrisa se volvió tímida y oculté el rubor debajo de la sombra de la boina.

Liam no sólo era un adonis en persona, sino que ¿tenía que resultar tan terriblemente encantador también? Tomé la cámara fotográfica y saqué un par de fotografías a la construcción barroca que admiraba, por accidente o casualidad, mi lente capturó también el bello rostro de oro que tenía a mi lado.

Cuando el viaje terminó y pisamos tierra firme, el estómago me rugió de hambre, recordé entonces que no había desayunado ni tomado nada. Até mis brazos alrededor de mi barriga y rogué por que mi estómago se callara.

-¿Tienes hambre?-adivinó Liam. Hice un mohín por haber sido descubierta y luego asentí sin decir nada, completamente apenada.- Conozco un buen restaurante aquí cerca, ven-me sonrió, emocionado. O al menos eso era lo que parecía y me hizo seguirlo. Dirigí una mirada al Chevrolet negro y Liam volvió a adivinar mis expresiones.- No está tan lejos, podemos ir caminando, ven-me sonrió de nuevo, y esa sonrisa ató una cuerda a mi cuerpo, obligándome a seguirle hipnotizada.

Apresuré mi paso y llegué hasta su lado, me sentía… tonta; él parecía un modelo de revista y yo… una adolescente común y corriente; pero aquello no me impidió caminar junto a él. Yo lo consideraba un privilegio y no sabía por qué.

-¿Qué te gusta? Además de tomar fotografías, claro-preguntó.

-Mmm… bueno, la lluvia, oír cómo cae y golpea el techo-musité.

-Eso es relajante… y realmente bello.

-¿Y a ti? Además de la música.

-Bueno, soy un poco intrépido, me encanta ir de aquí para allá, ya sabes, por eso me gusta viajar; ir por todo el mundo sería fantástico-la emoción brillaba en sus ojos haciéndolos lucir realmente encantadores.

-Egipto-dije.

-¿Disculpa?-Me reí.

-Egipto es el lugar al que me gustaría ir, suena algo loco pero… no sé, está tan alejado de todo esto que sería ese el lugar perfecto para escapar de mis problemas.

-Wow… eso, suena bien.

-Hubiera deseado tener las posibilidades de haberlo hecho cuando mis padres…-me quedé a la mitad de la frase, sintiendo de pronto algo que me raspó el pecho.

-¿Cuándo tus padres…?-inquirió.

-Murieron…-musité. Su expresión cambió, aquella bella y deslumbrante expresión de galán de pantalla fue sustituida por una cara de total ternura.

-Oh… lo siento mucho-su consuelo me hizo sentir inexplicablemente mejor- ¿Quieres contarme o prefieres no hablar del tema? -Me quedé en silencio un rato, y luego de mi boca comenzaron a salir las palabras sombrías.

-Murieron en un accidente automovilístico. Un idio’ta conducía ebrio y se pasó la luz roja… mis padres fueron los que rindieron cuentas a la muerte-la voz se me quebró, hablar de aquello no me era tan fácil-. Tres años de eso y aun me duele bastante-admití, con un hilo de voz-. Hubiera deseado ir yo con ellos para morir también-mascullé.

-Oye-se paró delante de mí e interrumpió mi caminar, me hizo también alzar la vista para mirarle, su rostro estaba serio-, no digas eso-me dijo-. Las cosas suceden por alguna razón, si tú estás aquí ahora con vida es porque Dios quiere que lo estés.

En sus ojos había una dulzura que no me había topado desde que mis padres me daban mis presentes de cumpleaños o navidad, y que inexplicablemente me invadía todo el fuero interno y me daba una paz eficaz. Ese par de ojos almendrados en los que ahora me reflejaba me sacudieron el corazón y la tristeza que había en él, se alejó.

-Gra-gracias-murmuré.

-¿Estás mejor?-preguntó- Lamento haberte hecho hablar de eso.

Cada que él me preguntaba aquello, no podía siquiera pensar en algún adjetivo negativo, no mientras tenía sus ojos avellanos reflejándome a mí.

-Estoy… bien-sonreí.

-Bueno, démonos prisa, supongo que mueres de hambre; pero antes prométeme algo -levantó una de sus cejas y la expresión divertida volvió a su bello rostro.

-Dime.

-No estarás triste hoy, yo no lo permitiré-me dijo y enterneció cada célula dentro de mi cuerpo. Sonreí.

-Prometido-musité. Su sonrisa apareció en aquel rostro angelical y mi corazón se aproximó a mi pecho.

-Genial, entonces vamos-se colocó a mi lado de nuevo y me hizo caminar junto con él.

Sharon era muy, pero muy afortunada. Ahora sí que le tenía envidia. Seguimos caminando y tras unos minutos, me mostró un pequeño restaurante propio de un hotel, y con mis torpes ojos y mi casi nulo aprendizaje del idioma italiano pude entender un letrero en la parte superior de la verde lona que decía Bonvecchiati. La primera reacción de mi cuerpo fue la sorpresa, aquel establecimiento era muy bello y parecía de verdad costoso.

-Te encantará la comida, ya verás-me dijo, con el entusiasmo palpable en su voz.

-Mmm… no es un poco ¿caro?-pregunté, terriblemente avergonzada ya que no contaba con mucho dinero italiano en mi bolsillo.

-No encontrarás mejor restaurante que este, anda, ven. No te preocupes por el dinero-me sonrió y me tomó del brazo, algo que me erizó la piel allí en donde él la estaba tocando, haciendo que una vibra recorriera mi espalda.

Me jaló hasta allí y habló en italiano al mozo quien luego de unos segundos nos acomodó en una mesa cerca de la orilla de la terraza, en donde debajo corría un canal de agua. Me senté en la silla que el mozo recorrió para mí y luego Liam tomó su asiento enfrente de mí. El mozo, un sujeto calvo y refinado nos dio un par de menús y se retiró; inmediatamente hice un mohín al no entender nada en aquella carta color tinto.

-¿Qué quieres?-me preguntó Liam, amablemente.

Mi mirada revoloteó una vez más por la carta ininteligible y la expresión de confusión saltó a mi rostro. La entonada carcajada de Liam rebotó en mis oídos con ese encanto inspirador propio.

-¿Qué tal si pedimos lasaña? ¿Te gusta?-inquirió.

-Sí-me sentí tonta y avergonzada y puse la carta del menú sobre la mesa, junto a la que Liam también había dejado. Ordenó en italiano al mozo que de nuevo se había acercado y desvié mi atención hacía las aguas del canal que se abría paso debajo de nosotros por todo el largo de la calle.

-Grazie mille-la inconfundible voz de Liam me hizo voltear a mirarle y mientras le agradecía al mozo, escruté su bello rostro.

Sus ojos poseían un brillo especial, un brillo que opacaba ferozmente al fulgor de las estrellas y seguramente las hacía ponerse celosas; ya que este resplandor que sus ojos soltaban era tan bello y delicado y por supuesto, capaz de iluminar a toda una ciudad en tinieblas, también. Sus labios rosados parecían el cojín de plumas bordado en seda de alguna realeza y al estirarse, formaban una bellísima sonrisa de ensueño, como la de un niño tatuada en la cara de un galán de revista. Su rostro era perfecto con ese tapiz de piel clara, adornada con el vello facial que se alcanzaba a percibir alrededor de su boca, una barba bien hecha y apenas visible que volvía el rostro de niño un rostro adulto; y con los diversos lunares que se encontraban esparcidos alrededor de su cuello y garganta, y algunos que se fugaban traviesos hasta su mandíbula.

-¿Tengo algo?-preguntó y me hizo aterrizar.